octubre 6, 2019

Cruce a nado del Estrecho de Gibraltar – Récord del Mundo

Intentaré resumir qué se siente al cumplir un sueño…

Hasta el momento no me había parado a escribir ni a contar con tanto detalle lo que sentía mientras nadaba, cada palabra que escribo es un sentimiento que me emociona.

Todo estaba previsto para nadar la primera semana de septiembre. Por motivos climatológicos la prueba se retrasó hasta el día 8 de septiembre.

Día tras día esperando una llamada de confirmación que no llegaba. Al final de la semana pensé que el sueño por el que tanto había luchado no iba a poder llegar. Finalmente, todo se encauzó, el domingo 8 de septiembre a las 09:30 tenía que estar preparado para llevar a cabo el Cruce a Nado del Estrecho de Gibraltar al estilo Mariposa y en caso de terminarlo establecería un nuevo Récord del Mundo, pues nunca antes lo había logrado nadie.

El día de la prueba todo estaba preparado. Solo mis pensamientos y yo. Concentrado, toda la organización explicaba cómo se iba a desarrollar la prueba.

Una vez llegó la hora subí a la barca y nos desplazamos hasta el inicio de la prueba, yo quería entrar en el agua lo antes posible.
Salté, me sumergí y realicé mis primeras brazadas hacia el punto de salida.

Y sonó el silbato…

En los primeros metros recordé a todas las personas que me hubiera gustado que estuvieran viendo como cumplía un sueño. Recordé a todos los que sabía que estaban sufriendo por mí, todas las horas de entrenamiento, todo el esfuerzo realizado hasta el momento.

La primera hora se desarrolló de tal manera que supe que iba a ser la prueba más dura a la que me había enfrentado, simplemente 10 brazadas sirvieron para darme cuenta de la dureza del Estrecho de Gibraltar, además la organización del cruce me comentó previamente que en el primer y último tramo la corriente era más fuerte que en el resto de la travesía y si no podía superar las corrientes la prueba se suspendería. El oleaje en la primera hora era mayor pues el agua chocaba con la costa y me afectaba a la hora de realizar la respiración y no podía visualizar bien la barca guía. Pasado ese tramo pude concentrarme en la técnica, acostumbrarme al ritmo de las olas y disfrutar de la prueba.

A las 3 h 30 min empecé a encontrarme mal por culpa del último avituallamiento que había realizado, las arcadas me impedían disfrutar de la prueba y preocuparme porque todavía estaba a medio camino de la meta. No pude volver a tomar algo hasta la hora 5.

Empecé a visualizar el contorno de África, antes no podía diferenciar nada. En este momento podía ir observando como todo tomaba forma, en cada respiración, podía observar pequeños trozos de tierra en la montaña, iba viendo colores, podía sentir Marruecos.

Al final de la prueba podía escuchar a todo mi equipo dándome ánimos, sabía que todos mis compañeros estaban pendientes de lo que pasaba, mis amigos y mi familia preocupados, pero, sobre todo, lo que de verdad me hacía avanzar, lo que me animaba a dar una brazada tras otra, eran las personas que sabía que querían, pero no podían, estar ahí.

Llegó un momento que perdí la noción del tiempo, veía la costa pero no me acercaba por más que nadaba. Imaginaba el final de la prueba, tocando y subiendo a la barca, solo quería abrazar a mi madre.

En mis últimos 500 metros, cuando la corriente me impedía avanzar y podía observar perfectamente el punto al que tenía que llegar, no pensaba en realizar una técnica correcta, ni en lo duro que estaba siendo ese último tramo, solo pensaba en las últimas palabras que me había escrito mi hermana “eres el mejor”, me repetía una y otra vez esas palabras, a otra persona quizás pero a mi hermana no la podía fallar.

Seguí nadando hasta que escuché una voz que me dijo “¡vete a tocar, vete a tocar!”, fijé el objetivo y nadé, observaba como el fondo pasaba de ser azul a un color más oscuro, podía ver las rocas del fondo y los peces nadando debajo de mí, sabía que quedaban escasas brazadas.

Mis últimas 3 brazadas son inexplicables, ver como avanzas hacia tu sueño, saber que está ahí. Una sonrisa y un sentimiento de felicidad me invadió. Toqué la meta con ambas manos y me dije “lo he conseguido”.

Era el momento de disfrutarlo, me senté en una roca mientras reía, alcé los brazos con los pulgares hacia arriba, disfruté de lo que parecía imposible. Aplaudí mientras escuchaba a todo el equipo felicitarme. La sensación de sentir que ese momento era un sueño, golpeaba al agua, no podía imaginar que era verdad. Levanté el brazo izquierdo y apunté con el dedo índice al cielo, cerré los ojos y envié mi energía a todos los que sabía que estaban esperando que llegara… en ese momento era el número uno, la única persona en conseguirlo, estaba haciendo historia.

Mi nombre es Héctor Ramírez Ballesteros y os animo a soñar, pues por experiencia propia os aseguro que, con esfuerzo y dedicación, los sueños se cumplen.

Héctor Ramírez Ballesteros nadando a mariposa en el Estrecho de Gibraltar